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Torneos y Pasos de armas

 

  

  Los ejercicios y juegos militares son probablemente tan antiguos como la guerra misma. Sabemos de su existencia en Esparta y también en Roma, tanto en su vertiente de juego ecuestre en equipo como en la de enfrentamiento individual a caballo, estos últimos consagrados a Marte y a muerte según el testimonio de S. Isidoro.

  En la Alta Edad Media hay pruebas de la pervivencia de este tipo de ejercicios militares, sin embargo la aparición de los torneos como algo distinto de los juegos marciales y los combates de gladiadores de la antigüedad no parece haberse producido hasta mediados del siglo XI en la Francia del norte, en conexión con una innovación en la táctica militar (el ataque combinado de un equipo de caballeros lanzas en ristre) para la cual los torneos son un excelente entrenamiento. Pudo influir también en su aparición y en su rápido éxito el ambiente militar de la Europa de las dos primeras Cruzadas, viviéndose un primer momento de esplendor de los mismos en Picardía y los Países Bajos durante las décadas de 1170-80. Sin embargo, el período clave en su formación parece haber sido, en la mayoría de los países, el siglo XIII.

  Las primeras pruebas documentales, breves referencias, aparecen en la segunda mitad del siglo XI (Crónica de Malaterra, Crónica de San Martin de Tours). Sólo se conservan dos relaciones extensas de torneos anteriores a 1400 -ambas descripciones de heraldos en verso-, y hay que esperar al siglo XV para encontrar descripciones abundantes y extensas de torneos y Pas d’armes, tratados sobre los torneos, libros ilustrados o con grabados y reglamentación sobre las diferentes modalidades de torneos y justas.

 Tradicionalmente considerados como un deporte hípico o como juegos marciales, los torneos han atraído también la atención de los historiadores de la literatura que, en muchos casos, no han dudado en considerarlos espectáculos teatrales atendiendo a su escenografía, a su componente literario inspirado en las novelas del ciclo artúrico, y a su carácter espectacular. Y es que en realidad los torneos son una suerte de dramas heroicos mimados –y en ocasiones, como veremos, dialogados–, en los que la única diferencia con el drama literario es que el final del mismo, en ocasiones tan dramático como la muerte de los actores, está abierto y no puede conocerse de antemano. Sin embargo, la existencia de una escena en la que tiene lugar el acontecimiento, la presencia de público, informado por el discurso del heraldo-presentador del significado del drama, los decorados, el vestuario simbólico y la aparición en ocasiones del diálogo, los acercan mucho a lo que comúnmente entendemos por teatro.

  No parece excesivo afirmar que los torneos medievales empezaron siendo ejercicios militares y deportivos pero acabaron poco a poco convertidos en espectáculos teatrales. La presencia del público desde mediados del siglo XII, sobre todo la de las mujeres, modificó sin duda la evolución de las justas que perdieron progresivamente su carácter guerrero y violento y se refinaron y estilizaron montándose en ocasiones una especie de dramas con partes dialogadas entre las damas y los caballeros. Este componente espectacular fue ganando terreno a los aspectos deportivo y militar y así, a finales del siglo XVI, totalmente olvidados estos últimos, los torneos acabaron transformándose en un simple carrousel, en un ballet ecuestre con acompañamiento musical.

 Drama, deporte y erotismo se entremezclan en estas fiestas en las que los ideales caballerescos se expresan plástica y literariamente en una atmósfera de pasión y exaltación de los sentidos que, no podía ser de otro modo, despertó rápidamente los recelos de la Iglesia y de los moralistas. La primera condena oficial de los torneos es la de Inocencio II en el canon IX del II Concilio de Clermont (1130), que rechaza esas “detestables ferias” en las cuales “mueren los hombres y peligran las almas”, y niega el viático y la sepultura en sagrado a los muertos en los combates. En términos similares se condenan las justas en el II Concilio Laterano (1139), en el Concilio de Reims (1148) y en el III Concilio Laterano (1179). En España, el eco de las condenas conciliares resuena en las Partidas (1256-65) las cuales, a pesar de reconocer su utilidad como preparación de la guerra y entretenimiento para los tiempos de paz, los condenan en una de sus leyes:

«Torneamientos es una manera de uso de armas que facen los caballeros et los otros homes en algunos lugares, et acaesce a las veces que mueren hi algunos dellos: et porque entendió santa eglesia que nacíen ende muchos peligros et muchos daños, también a los cuerpos como a las almas, defendió que non se ficiesen: et para esto vedar más firmemente puso por pena a los que hi muriesen entrando en el torneamiento que los non soterrasen en cementerio con los otros fieles cristianos...» .

  En la Península, fiestas y torneos seguían un patrón muy similar al del resto de Europa, y aunque la tradición de las justas no se encontraba probablemente tan desarrollada como en Inglaterra o Francia no cabe dudar de su popularidad. Sin embargo, como sucede con otros géneros dramáticos y espectaculares, parecen haber vivido un mayor desarrollo en las zonas de influencia francesa (Navarra, Aragón y Cataluña).

  En Castilla, si exceptuamos la condena de las Partidas que puede ser un tópico sin base real, la primera mención clara son los bojordos de Alfonso XI en Sevilla en 1324, pero ya en el Cantar de Mio Cid se los menciona (vv. 1599-62), levantados por el Campeador en Valencia en 1094 para festejar la llegada de su mujer y sus hijas, y la existencia de torneos reglamentados en fechas tempranas puede deducirse de la minuciosa ordenación de las justas que se incluye en los estatutos de la Orden de la Banda, fundada por Alfonso XI en Vitoria en 1330, una de las órdenes de caballería seglares más antiguas de Europa, anterior en más de una década a la Orden de la Jarretera inglesa. Menciones ligeramente posteriores son las de 1332 (torneos burgaleses organizados por Alfonso XI tras ser armado caballero en Compostela) y las de la Pascua de 1334 en Valladolid en las que los integrantes de la Orden de la Banda –el rey de incógnito incluido– lucharon contra un equipo de caballeros de diversos lugares del continente.

  Encuadrados en escenarios cada vez más complicados y con programas dramáticos cada vez más extensos los torneos, por su espectacularidad, se convierten desde mediados del siglo XIV en todas las cortes europeas en una parte imprescindible del ceremonial real de las Entradas, pronto extendido a una notable variedad de ocasiones: el nacimiento de un príncipe, coronaciones y bodas reales, llegada de visitantes importantes, encuentros diplomáticos y celebraciones dinásticas van acompañadas por toda Europa de justas, torneos y asaltos a fortalezas de ficción, fiestas en las que se invertían importantes cantidades en escenarios, decorados y sofisticadas tramoyas, siendo su vertiente militar y deportiva cada vez menos importante, y mayor su componente dramático y de rito social. En un período terminal como el de la última Edad Media en el que, como señaló Huizinga, la vida cultural de los altos círculos sociales se había convertido casi íntegramente en un juego de sociedad, no puede extrañar que los torneos acabaran transformándose en un género de espectáculo, y que incluso se llegara a desarrollar un género literario menor, el de las descripciones de torneos, con sus tópicos y su vocabulario técnico, casi al nivel de las secciones deportivas en los diarios modernos. La caballería, que desde el siglo XIII había ido perdiendo poder y posición social y económica dentro de la casta dominante de los bellatores, se refugia en un mundo de rituales, etiqueta y formulismos, un falso renacimiento caballeresco que intenta en vano perpetuar una concepción de la vida que ya ha perdido su razón de ser. Con su lujo desmesurado y su exaltación del valor guerrero individual, cada vez menos útil en las nuevas formas de guerra, la clase caballeresca entona su canto de cisne antes de morir.



Galicia

 En Galicia, los torneos debieron de ser tan populares como en el resto de Europa y tenemos noticias de su celebración en numerosas ciudades y villas, con referencias desde el siglo XII. La primera noticia que conozco es la del bofordio que se hizo en Tui hacia 1140-41 para celebrar la paz entre el rey portugués Alfonso Enriquez y Alfonso VII de León. Estos bofordios eran un tipo de justas conectadas con las fiestas de toros que incluían, al parecer, lanzamientos de lanzas (los bofordos, o bojordos) contra una diana de madera, espectáculo que en la traducción gallega de la Crónica General (siglo XIV) se denomina jogo da tavolada.

 Del siglo XIII, época de consolidación de los torneos como espectáculos en Europa, no conozco muchas noticias en Galicia, aunque es probable que Airas Núñes en su trova 464 del Cancionero de la Vaticana se refiera a torneos en Melide:

 “E des que eu nascí nunca entrara en lide, pero que ja fora cabo Valedolide escoitar doas das muitas que fezeron en Melide”.

  Ya en el siglo XIV, tenemos noticias de un torneo celebrado en Betanzos en 1386/87 entre los caballeros Renaud de Roye y Jean Holland, en presencia del duque de Lancaster, Jean de Gand, y de su mujer, probablemente aliados entonces con los Andrade. Las noticias sobre esta justa proceden de las Chroniques de Jean Froissart, el cual no estuvo en Galicia pero contó con relatos de primera mano ya que se entrevistó con muchos de los protagonistas, de modo que podemos dar cierto crédito a sus noticias. No sucede así con las miniaturas de los códices ilustrados de las Chroniques que incluyen las escenas de las justas de Betanzos (véanse Fotos), ya que estos códices fueron realizados en Brujas un siglo después de la redacción de la obra de Froissart.

  En la primera mitad del siglo XV tenemos a Gutierre Díaz de Gámez, probablemente gallego y pontevedrés, como autor de un libro de caballerías que relata las hazañas de su señor Don Pero Niño, vencedor de numerosos torneos por toda Europa (El Victorial. Crónica de Don Pero Niño, Conde de Buelna, ca. 1431-49). Gutierre no indica que Pero Niño participase en torneos en Galicia, pero sí dice que lo hizo en la guerra en un combate singular ante las murallas de Pontevedra (1397), en cuyo adarve estaban como espectadoras todas las damas de la población (cap. X):

“Volvióse alli una recia escaramuza, é muy peligrosa, é muy buen lugar para los que quisiesen facer en armas por amor de sus amigas: ca todas las Dueñas é Doncellas de Pontevedra eran á mirar por el adarve de la villa. E llegó alli Pero Niño encima de un caballo, é las armas que traia eran una cota, é un bacinete con camal, segund que es tonce se usaba, é unas canilleras, é un adarga muy grande (…) Era alli de parte de la villa un peon muy famoso que llamaban Gomez Domao: era ome muy recio: este afincaba muy fuertemente á Pero Niño, é le avia dado muy fuertes golpes. (…) E Pero Niño dió al Gomez tal golpe por encima del escudo, que le fendió bien un palmo, é la cabeza fasta los ojos: é alli quedó Gomez Domao”.


 También sabemos, de creer lo que Vasco de Aponte dice en su Recuento de las casas antiguas del Reino de Galicia, que el noble gallego Gómez Pérez das Mariñas era a mediados del siglo XV el mejor justador de España:

“hombre muy dispuesto, hermoso de corpo e gesto, gentilhombre muy solto, el mayor justador que en su tiempo hubo en Castilla. Y probose quando venció en la justa a un muy gran alemán que ya corriera toda España, y ninguno osó con él justar, salvo Gómez Pérez que le vençió”.

 Y sabemos así mismo que el poeta gallego Juan Rodríguez del Padrón participó en un torneo en la corte de Enrique IV, cubierto con un velo negro y llevando en la cimera una letra que decía:

Esperanza en mi tiniebla
De nueva luz con victoria,
Pues del limbo sacó gloria.

 

 Ya en los siglos XVI y XVII, las menciones a los torneos se multiplican en la documentación sobre las fiestas gallegas (Santiago, Coruña, Lugo, Betanzos, Pontedeume…), con noticias que llegan hasta el siglo XVIII y testimonios en el arte como el fresco de Santa María de Mosteiro (Guntín, Lugo, ca. 1510-20, véase Foto).

 En Compostela, los torneos se hacían de manera habitual en las fiestas el Apóstol y en las de San Roque, santo muy popular como abogado de la peste cuya festividad se celebraba con “juegos, cañas, torneos y sortija”. Tales juegos debían de repetirse todos los años, lo cual explica el enfado de los regidores cuando en 1619 el mayordomo se negó a hacerlos:

 En este consistorio (…) mandaron que dicho Juan Vazquez aga las fiestas como lo yzieron sus antezesores que an echo fuegos, cañas, torneos, sortijas y otras fiestas y no le allando a ello, se le saque beynte ducados para dichas fiestas…..”.

  En las fiestas del Apóstol los torneos se celebraban anualmente y tenemos referencias en las actas municipales, tanto de los participantes como de los gastos en los tablados que se levantaban para que las autoridades presenciaran cómodamente el espectáculo. Consta, por ejemplo, que en 1599 el mayordomo de la Cofradía de Santiago, D. Pedro de Cisneros, se concertó el 18 de julio con tres carpinteros, que se obligaron a dar hecho para el día de Santa Ana en la plaza del Hospital un tablado de tres palmos de alto con su correspondiente cerca y la valla del medio, y en un extremo la tribuna para los jueces, y que en 1600 “se acordo que para el torneo, por si la plaza fuese pequeña, se deshiziese el cobertizo de la plaza del Campo y se volviese a azer adonde como esta, lo que se le encargo al regidor Pedro de Gossende, que la haga deshazer y hazer…” .

  Además de estos torneos ordinarios, celebrados anualmente, tenemos también noticias de torneos en ocasiones extraordinarias, por ejemplo en las entradas de los arzobispos en la ciudad o en las fiestas por la canonización de San Ignacio de Loyola y otros santos españoles en 1622 :

“En este consistorio se hordeno que se de libranza al dotor Bernardino Yañez de trezientos y cinquenta y seis reales que gasto en el azer de la plaza de la canonizacion de los Santos de la Conpañia para las fiestas que en ellas le yzieron y precios del juego del torneo y treinta y un reales que dio por cuenta de los tablados, la qual dicha libranza se de en propios, y ansi mismo se de libranza en propios de lo que el señor alcalde Alonso de Prados concerto la clabacion de las garrufias para los toros…”.

  Hay también noticias de torneos que se hicieron a modo de entremeses en los intermedios de representaciones teatrales. En 1615, por ejemplo, la compañía de Pedro de Loaisa y Juan de Vargas, contratada por el ayuntamiento, representó en Compostela dos comedias en las fiestas del Apóstol y una invencion que sacaron en la dicha fiesta que fue un torneo , y en 1697 se representaron en la Universidad loa, comedias y entremeses. Las comedias fueron dos, a cargo de la compañía de Francisco Patiño, la loa se le pagó al colegial Vallo de Porras y el entremés consistió en una corrida de rejones y un torneo .

  En A Coruña sabemos que en 1673 se hizo un torneo en el contexto de las fiestas celebradas en la ciudad con motivo del cumpleaños de la Reina Gobernadora, contando con la asistencia de una nutrida representación de la sociedad coruñesa y del Conde de Aranda, entonces Capitán General de Galicia , torneo que también se celebró en 1690 en la plaza del palacio de la Capitanía durante las fiestas por la llegada a la ciudad de la reina Mariana de Neoburgo, mujer de Carlos II .

  No consta como fue el torneo de 1673, pero en el caso de 1690 parece que el torneo no era de armas si no al estilo de los carrousels franceses, un desfile ecuestre en el que el juez (conde de Puñonrostro) valoraba la inventiva de los caballeros ventureiros y las rocas alegóricas que los acompañaban.

 La primera de ellas era una "galera muy bien compuesta y alineada con sus banderas y remos y con sus dos presas de artillería", de la cual desembarcó el caballero mantenedor y sus padrinos. La segunda fue un "cavallo troano", con el justador y padrinos. La tercera consistía en: "dos caballeros ventureros metidos en el efixe de una peña" y, finalmente, salieron otros dos ventureiros: "metidos en el efixe de la Torre de Ercules”. Todos ellos estuvieron “dando la vuelta a la plaza y a bista de su magestad hasta cerca de las ocho de la noche".

  En Betanzos hay noticias de un Juego de la justa en el contexto de la procesión del Corpus, pero es probable que la justa fuese el combate con la Coca-Tarasca y que las menciones a los justadores en la documentación no se refieran a un verdadero torneo. Sin embargo, los torneos están documentados en la villa en las fiestas de San Roque, y en el año 1694 un documento menciona la obligación de los vigarios de la cofradía de hacer:

“...fiestas públicas al Santo no solo en lo tocante a la iglesia y culto divino, con Misa Mayor, Sermón, sino también fiestas y regocijos públicos de comedias, toros, máscaras, torneos y otros, y fuegos como se estila y acostumbra hazer en fiestas solegnes”.

 En Pontedeume, de acuerdo con las declaraciones de varios testigos del pleito Monterrei-Lemos, el conde Fernando de Andrade organizaba fiestas a principios del siglo XVI, con “justas e torneos e juegos de cañas”.

  En Lugo hay noticias de la celebración de torneos en las fiestas el patrón San Froilán, y todavía en 1746 se planeó hacer uno durante las fiestas para celebrar la coronación de Fernando VI como Rey de España, aunque “Alcancías, torneo, sortija y otras funciones" tuvieron finalmente que suspenderse por la lluvia .

  Otro caso de torneo en celebraciones regias lo tenemos en Ourense en 1707 durante las fiestas por el nacimiento del príncipe Luis, hijo de Felipe V y futuro Luis I. De acuerdo con el relato del P. Butrón y Múxica en El Clarín de la Fama y cítara de Apolo…, “El mantenedor de el torneo, salió ayrosamente de su desafío, manteniéndose diestro contra tres Cavalleros, que entraron en la liza bien, y salieron con explendor…”.

 Por último, cabe mencionar la noticia sobre un torneo a pie en Monforte en 1646 durante los festejos celebrados del 27 al 30 de agosto para solemnizar la inauguración del edificio definitivo del convento de Santa Clara de la villa y su iglesia .


Pasos de armas

  Una modalidad de torneo, muy popular en el siglo XV, es la de los pas d’armes (tornei a tema se les llama en Italia) en los que un caballero, sólo o acompañado de un equipo, se comprometía a mantener un paso –generalmente un puente– o a defender una posición durante un período de tiempo determinado y justar contra todos aquellos que quisieran intentar franquearlo. Generalmente se convocaban para liberarse de un voto y se fijaba un número de lanzas que el caballero y sus acompañantes habrían de romper. Los Pasos, pronto convertidos en acontecimientos sociales cortesanos que atraían a mercaderes, armeros, damas y numeroso público, tienen probablemente un origen borgoñón y, en todo caso, su extensión y popularidad hay que relacionarlas con el eco que los celebrados en Dijon en 1443 tuvieron en las cortes europeas.

 Era habitual rodear a estos Pasos de una escenografía espectacular y de un aparato emblemático y alegórico, levantándose torres, puentes, fuentes, fortalezas de madera y tela, montañas y árboles artificiales y complicados pabellones para alojar al público y a los participantes. Rápidamente el aspecto deportivo y militar fue quedando olvidado y las luchas, no pocas veces completamente ficticias, se convirtieron en un simple ritual que servía de pretexto para la fiesta.

  Aunque no tuvo lugar en Galicia, está estrechamente relacionado con ella, por la participación de caballeros gallegos (Juan Freire de Andrade, García Osorio, Rodrigo de Ulloa…) y por el contexto jacobeo, el famoso Passo Honroso mantenido por Suero de Quiñones en el puente del camino de Santiago en Hospital de Órbigo (León). El leonés D. Suero lo convocó en el año jacobeo de 1434 para librarse del voto que había hecho de llevar un collar de hierro todos los jueves como símbolo de la cautividad en la que lo tenía su dama Leonor. El reto consistía en obligar a justar a cuanto caballero peregrino a Santiago tratase de cruzar el puente (so pena de ser considerado cobarde y tener que vadear el río), con el compromiso de D. Suero y sus nueve caballeros de romper 300 lanzas o mantener el paso un mes. Acudió la corte y una multitud de espectadores, y, aunque sólo se rompieron 176 lanzas, se cumplió el plazo, y Suero, herido en una de las justas, fue considerado vencedor y se le liberó de su voto, dirigiéndose él y los suyos a la catedral de compostelana donde colocaron en el cuello del busto-relicario de Santiago Alfeo una cinta azul y un collar de plata dorada que todavía se conserva (véanse fotos), con una inscripción en francés en la que se recuerda el voto caballeresco:

Si à vous ne plait de avoir mesure,
certes je dis que je suis sans venture.
[=Si no os place corresponderme,
en verdad que no hay dicha para mí]

 Una detallada crónica del Passo de D. Suero, redactada por Pero Rodríguez de Lena, se conservó hasta nuestros días, y la repercusión social de las justas debió de ser grande ya que sus ecos llegan hasta Cervantes, el cual hace decir a Don Quijote:

"…digan que fueron burlas las justas de Suero Quiñones del Passo (...), con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos, tan auténticas y verdaderas, que torno a decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso".

 

Torneos
Juegos de Sortija
Juegos de Cañas
Fiestas Taurinas

 

 

 

 

 

Imagen de un torneo en Le Livre des tournois de René de Anjou, rey de Nápoles (siglo XV)

 

 

 

Torneo tipo mêlée, instigado por los demonios, en una miniatura del Breviari d’amor de Matfre Ermengaud (s. XIV)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Torneo en un fresco de Santa María de Mosteiro (Guntín, Lugo), ca. 1510-20. Foto de Alicia Suárez-Ferrín.

 

 

 

 

 Justa en Betanzos en 1386 en la Entrada de Jean de Gante, miniatura del siglo XV en un manuscrito ilustrado de las Chroniques de Jean Froissart (BnF, Ms. 2645, fol. 187).

 

 

 

 

 


 

Justa en Betanzos en 1386 en la Entrada de Jean de Gante, miniatura del siglo XV en un manuscrito ilustrado de las Chroniques de Jean Froissart (BnF, Ms. Fr. 79, fol. 117)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Puente del Passo Honroso en Hospital de Órbigo (León).

 

 

Portada de la crónica del Passo Honroso en la edición salmantina de 1588.

 

 

 

Busto de Santiago Alfeo en la capilla de las reliquias de la catedral de Santiago de Compostela y detalle del collar de D. Suero.

 

 

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