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 Julio I. González Montañés ©

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Espectáculos taurinos

 

    Las ordenanzas ilustradas de Carlos III fueron las responsables de la desaparición, además de las cocas y penlas, de las corridas de toros con las que numerosas villas gallegas celebraban el Corpus y las fiestas patronales a semejanza de lo que se hacía en otras muchas zonas de la Península. La asociación de las fiestas taurinas con las celebraciones religiosas, reflejo de un antiquísimo culto al toro extendido por toda la cuenca del Mediterráneo, es general en los siglos XVI-XVIII y todavía hoy la mayoría de las Ferias se celebran, aunque sea nominalmente, en honor de un Santo. En Compostela, por ejemplo, eran tradicionales las corridas de toros en las fiestas del Apóstol, desde fecha no bien determinada aunque los memoriales que se redactaron para convencer al rey Fernando VI de que levantara la prohibición de 1754 las remontan al siglo X y hablan de su celebración “casi desde el tiempo de la invención de su sagrado cuerpo”. También se celebraban en Santiago festejos taurinos en las fiestas de San Roque y San Juan; los del Apóstol en el Obradoiro y los otros en la plaza del Campo, San Roque o la Puerta del Camino.

   Las plazas se acondicionaban con talanqueras de madera levantadas para la ocasión y en las Actas municipales constan regularmente los pagos a los carpinteros, así como varias iniciativas, que parece no llegaron a cuajar, para construir unas barreras permanentes y evitar los gastos anuales. La primera corrida documentada en Compostela es la celebrada en honor del rey Felipe el Hermoso en 1506.

  En A Coruña se celebraban desde 1554 en la Plaza de la Harina. En Ribadeo están documentadas desde 1570 en San Juan, el Corpus y otras fiestas. En Pontevedra hay noticias desde 1559 aunque los documentos se refieren a corridas anteriores (tenían lugar en la Herrería la víspera de San Bartolomé y San Juan). En Baiona y Noia hay así mismo menciones de fiestas de toros en los siglos XVI y XVII, que para Pérez Costanti en el caso de Noia se remontarían al siglo XI aunque la primera noticia documental es de 1584. Tenemos también datos de Mondoñedo y de Muros en el siglo XVII [1], y de una corrida de rejones en las fiestas de consagración de la iglesia del Colegio de la Compañía de Monforte de Lemos en 1619 y de otra en la misma localidad en las fiestas del Rosario de 1620 en la que se corrieron toros de “la comarca de Lemos y tierra de Cabrera (...) tan buenos como si los truxeran de Zamora o de otras partes de fama”.

  En Betanzos, donde las noticias abundan, se corrían toros en San Juan, San Roque y San Pelayo, festejos que tenían lugar en la Plaza Mayor de la villa, acondicionada con talanqueras en sus accesos y los soportales que dan a ella. Presidían las autoridades desde el balcón del Ayuntamiento y los documentos nos informan de la existencia de rejoneadores, garrochistas y ventureros. Las corridas de Betanzos se celebraban al menos desde el siglo XVI, ya que hay acuerdos municipales desde 1572 con referencias a corridas “conforme al uso e costunbre”, que se celebraban “en la plaza y parte acostunbrada de ciudad”, corriendo a cargo de los carniceros el aprovisionamiento de reses, y de los veedores la preparación de talanqueras y garrochas.

 Para la mayoría de los investigadores, las fiestas de toros fueron introducidas en Galicia por los regidores y otras autoridades castellanas posteriores a los Reyes Católicos, siendo por tanto un espectáculo ajeno a las costumbres gallegas que nunca llegó a arraigar realmente en el país. Sin embargo, aunque es cierto que la mayor parte de la documentación es posterior al siglo XV, numerosos datos apuntan a la extensión de las corridas por toda la geografía gallega y, como a continuación veremos, hay algunos indicios de la existencia de festejos taurinos al menos desde el siglo XIV.

  Además de en las fiestas patronales, eran habituales las fiestas taurinas el día del Corpus. Ya he mencionado, las corridas del Corpus de Ribadavia y San Clodio, y el touro de los carniceros en la procesión de Ourense, quizás una imagen con ruedas o con personas dentro aunque cabe la posibilidad de que se tratase de un animal vivo, un Boi do Corpus o toro del Corpus, astado enmaromado que se soltaba por las calles de una villa siendo dirigido en su recorrido urbano por los mozos del pueblo que utilizaban las cuerdas atadas a sus cuernos para obligarlo a frenar y a seguir la dirección deseada.

 Obviando las prohibiciones de Carlos III y posteriores, esta fiesta popular sigue celebrándose en nuestros días en numerosas localidades peninsulares entre ellas la de Allariz (Ourense). Recuperada en 1983 tras varias interrupciones la Festa do Boi o Boi do Corpus de Allariz se mantuvo hasta el siglo XX al amparo de una Pragmática real que la eximía de las prohibiciones por ser “de antigua costumbre” y por su origen devoto. La salida del Boi enmaromado tenía lugar el mismo día del Corpus o la víspera, siendo llevando el buey por las calles de la villa, parándolo por tradición en determinados lugares –hay argollas al efecto en las paredes de algunas casas-, y obligatoriamente bajo los arcos del soportal del Convento de Santa Clara ya que las monjas tenían el antiguo privilegio de poder contemplar la fiesta desde las celosías de su clausura.

  En las paradas, el animal era reconfortado con sopas de pan y vino, sangrado con picas y refrescado por las vecinas del pueblo que le secaban la sangre con telas mojadas. Todo sucedía en medio del regocijo popular, excitado por los foleiros repartidores de hormigas. Antiguamente, el toro solamente salía el día del Corpus, aunque en su octava tenía lugar la proba do Boi para escoger el animal apropiado. En la actualidad las fiestas duran nueve días en los que se producen varias salidas del animal. Preside los festejos Xan de Arzúa, un fantoche de paja vestido con ropas viejas que cuelga del balcón del Ayuntamiento, y es frecuente que los habitantes de la localidad confeccionen monigotes similares que se colocan en balcones, ventanas y farolas para que el toro los cornee.

  Los orígenes de la fiesta se remontan según la leyenda a 1317 cuando el caballero Xan da Arzúa salió a la calle en la procesión del Corpus montado sobre un buey arrojando hormigas a la comunidad judía de la villa que se había burlado de la Fiesta del Sacramento en años anteriores. El de Arzúa habría instituido una manda testamentaria para garantizar la continuidad de la fiesta, una Fundación del Toro (así la denomina José Puga Brau) que explicaría la pervivencia de la costumbre después de la expulsión de los judíos de la villa.

  Sin embargo, como hemos visto la documentación alaricana es contradictoria, ya que se alude en ella a incidentes históricos que podrían haber generado la leyenda en fecha tan temprana como 1289, antes incluso de la institución de la procesión general por el Papa. A pesar de todo, no es imposible que la leyenda popular, aunque fraguada más tarde, tenga un fondo de verdad y que la Festa do Boi se remonte realmente al siglo XIV. Al menos, en esa centuria tenemos pruebas artísticas de que festejos similares se celebraban en tierras gallegas. Ya las Cantigas de Santa María en el siglo XIII mencionan corridas de toros en una boda caballeresca (Cantiga 144), y en las fiestas de Santa María de Agosto (Cantiga 351)


                                “Outros ar corrian vacas que fazian por matar...”


 En el caso de la Cantiga 144 el miniaturista del Códice Rico nos presenta un toro urbano, sin maroma pero sangrado por el público desde tapias y ventanas como sucedía en Allariz (vid. foto), y en la centuria siguiente unos capiteles entregos de Santo Domingo de Ribadavia (Ourense, ca. 1310) nos muestran a un toro enmaromado guiado por un personaje acompañado de músicos y de un perro que muerde la oreja del toro. Esta variante de los perros la describe Argote de Molina en el siglo XVI y la tenemos también representada en un capitel de Santa Mª do Campo de A Coruña (s. XIII), y en otro de Sta. Mª de A Franqueira (Pontevedra, 1343).

  A propósito del capitel de Ribadavia, es interesante recordar que en la procesión del Corpus de la villa salía al frente de la misma, al menos desde el siglo XVI, un buey preso llevado por los carniceros con un muñeco de paja que representaba, como en Allariz, a Juan Darzua. El fantoche siguió saliendo en el siglo XVII cuando el buey, junto con un toro bravo, era posteriormente sacrificado en una corrida de toros en la Plaza Mayor, y todavía en el XVIII (1781) se habla de “Juan de Arzua que hes figura de un hombre a cavallo de una Baca”, el cual salía “antiguamente” junto con la “tarasca, y otras danzas...”.

  El personaje debió de hacerse popular en las villas gallegas en las que la presencia de judíos era importante y también en Ourense está documentado un Xan de Arzúa que salió en el Corpus hasta 1781.

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[1] En Muros las touradas se hacían en la plaza del Concello, conocida todavía como Curro da Praza, y en Noia se conserva en la actualidad el nombre de la rúa do Curro, en la cual consta existió un palco de piedra donde los regidores presenciaban los festejos.

 

 

 

 Boi do Corpus de Allariz

 Foto de la asociación Xan de Arzúa,

 

 

 

 

O Boi corneando a Xán de Arzúa

 Foto de la asociación Xan de Arzúa,

 

 

 

 

 

 

Fiesta de toros en Plasencia en las Bodas que fazía un cavaleyro. Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio, Cantiga nº 144.

(Códice rico de El Escorial)

 

 

 

 

Toro enmaromado. Capiteles de la iglesia de Santo Domingo de Ribadavia (primer pilar de la nave del Evangelio, ca. 1310).

 

 

 

 

 

Perro mordiendo la oreja de un toro. Capitel de la portada de Sta. María de A Franqueira (Pontevedra, 1343)

 

 

 

 

 

 

Capitel de Sta. Mª del Campo de A Coruña (siglo XIII). Dibujo de Alfredo Erias.

 

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